miércoles, 19 de mayo de 2010

Las dos billeteras de mamá

Nuestra madre es uno de los personajes más importantes que pasan por nuestra vida. Podría decir que es el más importante, pero reconozco que en algunos casos los vínculos se deterioran tanto que es posible llegar a odiarla.

En nuestro pensamiento pueden distinguirse (si observamos con detenimiento) dos madres (1): el ser humano mujer que conocemos un poco y que nunca terminamos de conocer del todo, y el ser humano imaginario, al que suponemos con todos los atributos deseados (amor incondicional, abnegación, sabiduría).

Doy por seguro que nuestras primeras experiencias de vida son decisivas en la formación de nuestras ideas, sentimientos, inteligencia, carácter, costumbres.

Lo que en esa primera etapa observamos es que alguien (nuestra madre), nos alimenta con su propio cuerpo. Ella sólo nos acerca al pezón, comenzamos a succionar y la desesperante sensación de hambre, ¡desaparece!

Estas primeras vivencias ubican en nuestro discernimiento la idea de que es posible solucionar las necesidades básicas sin hacer nada. Para el discernimiento de un niño «la vida es así».

Los humanos comenzamos nuestra existencia calmando nuestra hambre tomando la leche de nuestra madre y seguimos haciéndolo (con algunos cambios en el procedimiento) de la vaca.

Nuestra percepción es que ellas (mamá y la vaca) no tienen que hacer nada para calmar nuestra hambre. Ellas no sufren, no son explotadas.

Más aún: alimentándonos, aliviamos el dolor que les causa la acumulación de leche.

En síntesis: ¡aliviándonos, aliviamos!

Cuando crecemos, continuamos buscando otras «madres» o «vacas lecheras» (empleo público, cónyuge adinerado, empresa rentable, profesión lucrativa), que cubran nuestras necesidades básicas, procurando —hasta donde nos sea posible—, no hacer más esfuerzo del que hacíamos para alimentarnos de nuestra madre o de la vaca.

(1) El desprecio por amor

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