viernes, 1 de octubre de 2010

El masoquismo

Una tarde del año 1722, el pequeño Jean-Jacques Rousseau (imagen), cometió un error que su maestra —la señorita Lambercier—, debía castigar golpeándolo con una vara (férula), como correspondía a los criterios educativos de la época.

Jean-Jacques, enterado de que sería castigado, comenzó a sufrir anticipadamente, angustiado por la sanción que caería sobre él.

Imaginó mil tormentos, dolores atroces, se vio envuelto en un verdadero calvario.

Cuando la maestra ejecutó el castigo, observó sorprendido que las sensaciones eran mucho menos graves de lo que había imaginado.

En los hechos, el castigo se transformó en alivio y —por tratarse de un alivio—, terminó siendo una experiencia gratificante.

Claro que el niño no dijo nada de su inesperado placer.

Se limitó a reproducir la situación, cometiendo nuevos atropellos a las normas que desencadenaran una y otra vez aquella situación sorprendentemente agradable.

La señorita Lambercier encontró que algo no andaba bien y comenzó a sospechar, hasta que la inocencia de Jean-Jacques dejó escapar el secreto de su mala conducta.

Este niño había nacido en Suiza (Ginebra) en el año 1712 y tuvo la mala suerte de quedar huérfano nueve días después.

Su capacidad como filósofo y escritor, lo convirtió en uno de los ideólogos de la Revolución Francesa.

Sus obras principales fueron El contrato social y Emilio.

Éstas son consideradas las fundadoras del sistema republicano de gobierno y de la educación pública, que hoy conocemos.

La historia que les contaba al principio, fue publicada por él en otro libro —menos trascendente—, titulado Confesiones.

Lo interesante de este libro, está en que nos narra con claridad cómo funciona lo que años más tarde se denominó masoquismo.

El placer causado por el dolor, sigue siendo un misterio, aunque ya tenemos desarrolladas algunas teorías interesantes, entretenidas aunque no concluyentes.

Ya hablaremos de esto próximamente.

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