Los partos son dolorosos por razones ajenas a las
anatómicas o fisiológicas. Paradójicamente, ellas deben sufrir por obligación.
Si nuestra cultura fuera otra,
las mujeres no tendrían que sufrir tanto dolor en el parto.
Dadas las condiciones
fisiológicas y teniendo en cuenta cómo funcionan las demás hembras mamíferas,
ese dolor no debería existir.
Existe porque somos torpes,
débiles, neuróticos, distanciados de la naturaleza por puro orgullo racial,
como si fuéramos seres superiores a los demás animales.
Hombres y mujeres estamos
convencidos de que el parto debe ser doloroso y, como no aceptamos estar
equivocados, el obediente cuerpo femenino sufre, cada contracción parece un
desgarro, el nacimiento de un niño se convierte en una tragedia.
Nuestra cultura sigue pensando
en términos mágicos, cree en Dios y supone que la Biblia es un libro sagrado.
Si ahí dice que la mujer parirá con dolor, seguramente parirá con dolor.
El predominio del sexo
masculino se debe a que nosotros (los varones) tenemos más fuerza muscular que
ellas, es decir que en el siglo 21 sigue predominando la fuerza (bruta).
Aunque el sexo femenino tiene
la tarea más importante en cuanto a la única misión de cada especie
(reproducirnos), los varones abusamos por ser más fuertes y les damos un apoyo
limitado, que necesita ser reforzado por leyes, amenazas, presión social, pero
no porque los caballeros tengamos real vocación de padres solidarios con las
madres.
Muy probablemente ellas griten
y a veces insultan al varón que las embarazó, tratando de que él se sienta un
poco culpable, que se solidarice con el dolor de ella, que no debería sufrirlo
si no fuera porque tiene que presionar moralmente a su compañero y también al
resto de la sociedad para que, con ese chantaje emocional, seamos un poco más
participativos en la única misión de reproducirnos.
(Este es el Artículo Nº 1.967)
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