sábado, 17 de julio de 2010

Estar privado de propiedad privada

En la infancia aprendemos que cuando alguien dice «mi juguete», «mi casa» o «mi mamá», está haciéndoles saber a los oyentes que es poseedor del juguete, la casa o la mamá.

Los criterios de posesión son muy amplios, genéricos e imprecisos y siempre que sucede esto, nuestra inteligencia adopta la definición mejor alineada con nuestro deseo: ser dueños absolutos de algo.

En este caso, «mi juguete» significa que nadie más que yo puede hacer uso y abuso de él, excepto que yo se lo autorice expresamente.

Lo mismo con mi casa y mi mamá.

Esta definición tan alegre, no tarda en demostrar sus fallas y nos toca observar cómo nuestra madre nos quita nuestro juguete y se lo entrega a nuestro hermano quien, en un gesto por demás indignante, deja de llorar y nos mira con un gesto burlón que nos indigna mucho más.

A continuación, imaginamos formas de matar a ese desgraciado (mi hermano) y a esa traidora (mi mamá) quienes, a pesar de ser míos, no hacen lo que deseo.

Estas trágicas historias vividas cuando nuestra psiquis era mucho más débil y omnipotente que ahora, pueden marcarnos un decisivo rechazo a cualquier cosa o persona que se nos quiera ofrecer como propio.

Sabemos que tras esa seductora propuesta hay una frustración, un doloroso desengaño, la desilusión caerá sobre nosotros como un castigo de la naturaleza.

De ahí que, muchas personas, sin saberlo (inconscientemente), prefieran eludir, evitar, tomar distancia de toda situación en la que se nos quiera hacer creer que algo nos pertenece.

La pobreza patológica podría ser una consecuencia de esta actitud.

No querer nada como propio, equivale a no tener bienes, no tener dinero y a desconfiar del sacrosanto principio de la propiedad privada, que es la columna principal del sistema capitalista en el que vivimos.

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