martes, 4 de junio de 2013

Incomprensión y abandono




Alrededor de la hora veinte de los días hábiles, Mariana le daba la bienvenida a su mejor amiga quien se encargaría de cerrar el negocio de comida rápida y limpiarlo como solo ella sabía hacerlo.

En pocos minutos estaba sentada en el mismo asiento del colectivo, cuyo chofer la saludaba como a un familiar. El recorrido era siempre igual, millones de personas caminando por las calles, coloreadas por infinitos letreros luminosos.

Cierta noche iba Mariana mirando distraídamente cuando repentinamente vio a un joven. Mejor dicho vio los ojos y la sonrisa de un muchacho.

Comandada por alguna fuerza sobrenatural la joven salto gritándole al conductor: «¡Pará, Emilio, pará!».

El hombre, alarmado, hizo una maniobra peligrosa y Mariana pudo bajar entre un coro de pasajeros furiosos por el atropello y la brusca frenada.

Se tiró del bus antes de que se detuviera y comenzó a caminar-correr por la vereda tratando de ver al de los ojos sonrientes.

Imposible. Se había esfumado.

Cuando ya se había olvidado de aquella visión, volvió a verlo, esta vez con más suerte.

Se acercó a él y empuñando los pelos del muchacho, le dijo: «¡Me gustás, guacho!»(1).

Los amigos del joven se rieron pero el melenudo quedó petrificado. Mariana lo abrazó y sintió con regocijo que él también tenía olor a transpiración como ella.

Los muchachos se esfumaron, se los tragó la tierra o nunca habían existido, lo cierto es que comenzaron a caminar abrazados como si siempre se hubieran conocido.

Mariana fue muy feliz durante un par de semanas, pero un día lo encontró sin que él la viera venir y descubrió que estaba fumando marihuana. Él le dijo, muy nervioso, que era la primera vez que probaba un cigarro y ella se puso increíblemente furiosa. Lloró desconsoladamente, no quería que él la tocara. El muchacho comenzó a pedir perdón, que no lo haría más, se tiraba del pelo.

Por fin ella salió del desequilibrio emocional y le dijo cuánto dolor sentía al ver que él supusiera que ella sería capaz de juzgar alguna de sus conductas.

Superado este mal momento, hablaron de tener hijos. Más bien era ella quien lo deseaba y él, totalmente enamorado, le dijo que había conseguido un trabajo para poder vivir juntos y tener al bebé.

Ella no le dijo nada pero, luego de estar viviendo juntos hacía más de un mes, al cambiar el recorrido para llegar al comercio de comidas,  lo vio reunido con unos amigos.

Nuevamente lágrimas, desesperación, gritos, pedidos de perdón, hasta que Mariana le dijo cuánto le dolía que él pesara que ella sería capaz de juzgarlo.

Finalmente nació el tan deseado hijo de aquel muchacho de bella sonrisa y ojos adorables, pero él los abandonó explicándole a la desconsolada Mariana que no podía soportar que ella nunca lo juzgara.

(1) Alguno pobladores rioplatenses utilizan «Guacho» como apodo genérico, así como los norteamericanos dicen «Baby» o los caribeños dicen «Cariño».

(Este es el Artículo Nº 1.888)

domingo, 2 de junio de 2013

¿Para qué sirve la vida?




¡Un hombre al mar!

¡Qué importa! El buque no se detiene por eso. El viento sopla; el barco tiene una senda trazada, que debe recorrer necesariamente.

El hombre desaparece y vuelve a aparecer; se sumerge y sube a la superficie; llama; tiende los brazos, pero no es oído: la nave, temblando al impulso del huracán, continúa sus maniobras; los marineros y los pasajeros no ven al hombre su­mergido; su miserable cabeza no es más que un punto en la inmensidad de las olas.

Sus gritos desesperados resuenan en las pro­fundidades. Observa aquel espectro de una vela que se aleja. La mira, la mira desesperado. Pero la vela se aleja, decrece, desaparece. Allí estaba él: hacía un momento, formaba parte de la tripula­ción, iba y venía por el puente con los demás, tenía su parte de aire y de sol; estaba vivo. Pero ¿qué ha sucedido? Resbaló; cayó. Todo ha termi­nado.

Se encuentra inmerso en el monstruo de las aguas. Bajo sus pies no hay más que olas que huyen, olas que se abren, que desaparecen. Estas olas, rotas y rasgadas por el viento, lo rodean espantosamente; los vaivenes del abismo lo arras­tran; los harapos del agua se agitan alrededor de su cabeza; un pueblo de olas escupe sobre él; confusas cavernas amenazan devorarle; cada vez que se sumerge descubre precipicios llenos de oscuridad; una vegetación desconocida lo sujeta, le enreda los pies, lo atrae: siente que forma ya parte de la espuma, que las olas se lo echan de una a otra; bebe toda su amargura; el océano se encarniza con él para ahogarle; la inmensidad jue­ga con su agonía. Parece que el agua se ha con­vertido en odio.

Pero lucha todavía.

Trata de defenderse, de sostenerse, hace es­fuerzos, nada. ¡Pobre fuerza agotada ya, que com­bate con lo inagotable!

¿Dónde está el buque? Allá a lo lejos. Apenas es ya visible en las pálidas tinieblas del horizonte.

Las ráfagas soplan; las espumas lo cubren. Alza la vista; ya no divisa más que la lividez de las nubes. En su agonía asiste a la inmensa de­mencia de la mar. La locura de las olas es su suplicio: oye mil ruidos inauditos que parecen salir de más allá de la tierra; de un sitio descono­cido y horrible.

Hay pájaros en las nubes, lo mismo que hay ángeles sobre las miserias humanas; pero, ¿qué pueden hacer por él? Ellos vuelan, cantan y se ciernen en los aires, y él agoniza. Se ve ya sepul­tado entre dos infinitos, el océano y el cielo; uno es su tumba; otro su mortaja.

Siente ardor en la nariz provocado por el salitre oceánico, pero el dolor cede, los músculos se agotan, ya casi no sale a la superficie, siente angustia porque ningún marinero lo socorrió, le duele el abandono, nadie se preocupó por él.

Aunque pasaron varios días y su cuerpo sigue vivo porque desarrolló branquias que lo proveen de oxígeno, no para de lamentarse pues ¿para qué le sirve la vida si sus compañeros lo abandonaron?

Nota: El texto en color azul pertenece a la novela Los miserables, del escritor francés Víctor Hugo [1802-1885].

(Este es el Artículo Nº 1.909)

La tristeza posterior a la alegría




Algunos son pobres patológicos para evitar la depresión posterior al bienestar y hasta eluden el coito para evitar la aparente impotencia.

Usted no lo recuerda pero yo sí: cierta vez obtuvo un éxito que le dio gran alegría y ¿qué le pasó horas después de los festejos? Se puso inexplicablemente triste. ¡Muy triste!

En aquella ocasión, ni usted ni yo entendimos por qué aquel estado de ánimo tan doloroso pero yo me quedé pensando y recién ahora puedo darle la explicación: Usted se deprimió porque así funciona nuestro cuerpo y por lo tanto nuestra psiquis: después de una etapa de inflamación sigue una proceso desinflamatorio y después de un momento de euforia casi infaliblemente sigue un momento de inexplicable depresión anímica.

Pero lo más complicado no fue esto sino que usted, como en aquel momento no tuvo la explicación que ahora le estoy dando interpretó que el éxito en realidad deprime y por eso nunca más quiso alegrarse tanto, ni con los juegos de azar, (porque teme lograr el premio mayor), ni con los buenos negocios, ni con los cumpleaños con muchos amigos que le demuestren cuánto lo quieren, ni yendo a divertirse..., porque corre el riesgo de alegrarse primero y deprimirse después.

Según las creencias del psicoanálisis los seres humanos padecemos algo que genéricamente se denomina «complejo de castración», el que en una definición ultra corta significa «miedo a las pérdidas».

Nuestro cuerpo funciona así: cambia de estado cada tanto, en un constante proceso de desequilibrio y posterior reequilibrio, de llenar los pulmones de aire para después vaciarlos, de contraer el corazón para expulsar la sangre al torrente sanguíneo para inmediatamente expandirse succionándola.

Algunos son pobres patológicos para evitar la depresión posterior al bienestar y hasta eluden el coito para evitar la aparente impotencia (¿castración?) posterior a la eyaculación.

(Este es el Artículo Nº 1.883)

Nada es verdadero solo porque nos gusta




Nuestras ideas pierden realismo cuando nos dejamos llevar por nuestras ganas de gozar a cualquier precio.

No sería tan irreverente con la inteligencia humana si no fuera porque tantas personas se ufanan de ella. Si fuéramos más humildes al compararnos con el resto de los seres vivos, quizá me sentiría más proclive a dulcificar mis ataques a la estupidez erudita.

Pero esa  mansedumbre está lejos de aparecer. Seguimos insistiendo con las verdades que impone la fuerza física.

Algo que nos cuesta entender es la diferencia que existe entre lo que somos y lo que deberíamos ser. Nos encandila de tal forma esta aspiración idealista que muchas veces nos juzgamos entre nosotros tomando como referencia un modelo teórico ideal que dista mucho de parecérsenos a lo que en realidad somos.

Un chiste sobre la torpeza humana cuenta que alguien se lamentaba porque su burrito falleció cuando ya estaba acostumbrándose a vivir sin comer.

Es personaje no supo identificar la causa de muerte de su animalito porque prefería ignorar que fuera su propia acción equivocada de privarlo de alimentación.

Como parece ser una constante en nuestra conducta que con mucha frecuencia privilegiamos las interpretaciones favorables a nuestros deseos en desmedro de las hipótesis más realistas aunque menos disfrutables para nuestro ego, es una práctica bastante acertada desconfiar de cualquier explicación que pudiera beneficiar a quien la propone.

En otras palabras: si alguien afirma, por ejemplo, que el sufrimiento le aporta tonicidad, temple y pureza a su carácter, no está de más suponer que dicho amante del dolor encontró algún beneficio inconfesable para preferir las opciones más dolorosas.

Por ejemplo, una posible explicación de su prédica podría indicar que adoptó el mecanismo de defensa según el cual «si no puedes con él, únetele», es decir, «fuerza los hechos para aliarte con tu enemigo».

(Este es el Artículo Nº 1.892)

Relación salario-productividad


 El sentido común cree que la productividad de los trabajadores está vinculada con el salario, pero esto no es así.

El sentido común nos sugiere dulcificar nuestra fantasía pensando que somos máquinas, es decir, inmortales, reparables, capaces de tener un rendimiento como el que tiene nuestro vehículo, ventilador o abrelatas eléctrico.

Pero el sentido común es una organización secreta con la que logramos sostener creencias agradables cuyo principal valor consiste en la popularidad, en el consenso, en la otra gran creencia según la cual las mayorías no se equivocan.

Las mayorías infalibles creen que el nivel salarial regula la productividad de los trabajadores, con tanta exactitud como la velocidad de un vehículo cuando recibe más combustible del acelerador.

Esta creencia genera despilfarros porque los administradores con sentido común malgastan el dinero que deberían cuidar tratando de que los trabajadores estén motivados. Sorprendidos, esos administradores no terminan de entender por qué los aumentos salariales no mejoran la productividad.

La situación paradojal no se resuelve porque los administradores necesitan imaginar que ellos mismos son máquinas, inmortales, reparables, que no sufren dolores, capaces de recibir un repuesto original cada vez que algún órgano se deteriora.

Por su parte, los trabajadores y sus líderes sindicales también son personas dotadas del maravilloso sentido común y cuando reclaman aumentos salariales lo hacen porque el dinero no les alcanza, lo cual también puede ocurrirle a cualquier millonario pues las necesidades y los deseos humanos son casi ilimitados.

Aunque todo esto parece una gran equivocación, al final termina resolviéndose razonablemente porque la presión que se le hace a cualquier empleador tiene un límite impuesto por la realidad del mercado.

Si un empresario no tiene costos competitivos debe clausurar sus actividades y prescindir de los trabajadores que ocupaba, por eso las demandas salariales del sentido común se autorregulan sensatamente.

(Este es el Artículo Nº 1.872)