sábado, 1 de diciembre de 2012

La monogamia y el crecimiento intelectual



   
Las experiencias educativas, turísticas y sociales de los cónyuges ponen en riesgo a los matrimonios monógamos.

Nuestro sistema circulatorio se adapta cada vez que la temperatura ambiente cambia. Tanto nos hace transpirar para que la evaporación del sudor nos refresque, como nos cierra los poros para que el viento no nos enfríe aún más.

El cristalino es un pequeño «lente» flexible que tenemos en cada ojo y que se curva o se aplana para ver de cerca o de lejos respectivamente.

Cuando el cerebro está pobremente irrigado, casi con seguridad sentiremos un mareo y caeremos al suelo, para adoptar una posición horizontal que restablezca la llegada de la sangre al tejido cerebral.

Pero psicológicamente también ocurren otras formas de adaptación, aunque no tan mecánicas como las mencionadas.

Si llegamos a un lugar desconocido, la novedad en los estímulos visuales, olfativos, sonoros, nos puede provocar un cansancio desusado y hasta dolor de cabeza. Pasados los días y como resultado de la esperada adaptación, comenzaremos a sentirnos mejor el resto de la estadía en ese lugar... que habrá dejado de ser tan novedoso.

Sin embargo, cuando nos alejemos del sitio y volvemos a nuestro lugar de origen, también sentiremos un poco del cansancio sensorial pero rápidamente nos re-acostumbraremos...aunque no igual que antes.

Efectivamente, no es lo mismo conocer otros paisajes, agitar nuestros órganos sensoriales, sentir emociones nuevas a no sentirlas.

Así ocurre con el proceso educativo: nos enseñan, nos muestran, nos explican, nos proponer hacer prácticas y nuestro cuerpo, aunque se resiste, se cansa, pero también se transforma de manera casi irreversible.

Esta importante transformación corporal, (aprendizaje), hace que las nuevas sensaciones, experiencias y aprendizajes de los integrantes de una pareja, los exponga a que dejen de aceptarse, quererse, necesitarse, gustarse, amarse.

Por eso, el matrimonio monógamo es contrario al crecimiento individual.

(Este es el Artículo Nº 1.762)

Sentir envidia y sentir lástima



   
Un funcionario corrupto nos irrita porque lo envidiamos y a un funcionario honesto pero ineficiente lo retenemos porque nos inspira lástima.

Hace más de diez años que mis dos hermanos y yo tenemos una empresa familiar.

Hemos aprendido lo suficiente como para darnos cuenta que casi no sabemos nada. Dependemos en gran medida de los gerentes que hemos estado contratando pero que, por diferentes motivos, se han desvinculado de nosotros.

Hace unos cuatro años trabaja con nosotros mi sobrina que tiene los títulos de contadora y economista. Es tan trabajadora y confiable como su papá (mi hermano y socio).

Al año de haber tomado las riendas de la contabilidad, nos reunió a los tres socios. Con la cara llena de rubor y la voz entrecortada, nos dijo:

— El gerente los está estafando.

Quedamos anonadados pero, a medida que ella se fue recuperando, empezó a explicarnos cómo las ganancias de la empresa estaban disminuyendo a la vez que el nivel de vida del gerente no paraba de subir: auto lujoso, hijos en colegio muy caro, esposa híper-consumista.

Con gran dolor en el alma tuvimos que despedirlo, pagándole una indemnización elevadísima y sin denunciarlo penalmente, porque nosotros nunca quisimos perjudicar a un padre de familia.

La misma sobrina, quizá para sacarnos del quebranto anímico que tuvo la mala suerte de provocarnos con su noticia, nos recomendó a un compañero de estudios.

Al primer año los resultados no mejoraron y le preguntamos a ella sobre la honradez de su recomendado.

Ella nos aseguró que se trataba de una persona intachable, incapaz de apropiarse indebidamente de algo.

Al segundo año los resultados continuaron empeorando y empezamos a ponernos nerviosos.

Mi esposa me dio la explicación:

— Al corrupto lo despidieron porque les provocaba envidia y al ineficiente lo retienen porque les inspira lástima.

Ejercicio sexual extraconyugal



 

Cuando una mujer conoce a un varón que hubiera elegido para padre de sus hijos, jamás debería dejar de disfrutarlo.

A muy temprana edad se despertó en mí una clara sensibilidad hacia algunos semejantes.

Como no tengo proximidad natural a niños africanos desnutridos, como vivo lejos de algún leprosario y como las viviendas más pobres de mi país están a varios kilómetros de mi casa, no tengo oportunidad de sensibilizarme con esos estímulos tan frecuentes y abundantes.

Sin embargo mi dolor aparece cuando veo cómo algunos adultos corren innecesariamente por las avenidas, los parques y la rambla.

Reconozco que me dan lástima. Los imagino perseguidos por fantasmas hipocondríacos que en sus voces alucinatorias les hablan de colesterol, diabetes, obesidad.

No descarto la posibilidad de que algún día sean ellos los que sientan lástima por mi artrosis, ceguera, cuadriplejia, pero apenas lo menciono para lucir realista y ocultar mi intenso deseo de negar estos peligros.

Como puedo elegir he optado por rechazar la filosofía médica y adhiero a otra creencia que me parece mucho más humana, natural, lógica, entretenida, social, saludable, amorosa.

He comentado en varios artículos mi suposición de que las mujeres son las que eligen a los varones (1) con los que su instinto les dice que podrían tener hijos hermosos y saludables.

Tengo para decirles que la sexualidad está asociada a fantasías inconscientes de gestación, aunque la menopausia haya clausurado irreversiblemente la generación de endometrio.

Por lo tanto, les digo a esas señoras que nunca pierdan oportunidad de tener sexo con los hombres que ellas continúen eligiendo para tener hijos, que ahora serán solo imaginarios. Con su esposo jamás volverá a tener pasión, por eso tienen que aceptar las nuevas y escasas oportunidades pero no comentárselo a él porque no se merece sufrir un desengaño ni padecer celos.

(1) Algunas menciones del concepto «las mujeres eligen a los varones»:

 
 
 
 
 
(Este es el Artículo Nº 1.749)

El consumo de SUSTANCIAS



   
El desconocimiento del idioma impide PENSAR y conocer lo sustancial de vivir. Para resolverlo consumimos sustancias farmacéuticas (medicamentos).

Aunque parezca disparatado, la buena salud puede ser aburrida, a pesar de saber, hasta por experiencia propia, que la enfermedad es un estado molesto, penoso, indeseable.

Parece más fácil de entender que el doloroso aburrimiento surge de la continuidad, del bienestar excesivamente monótono, prolongado, fastidioso.

Es posible conocer gente que evita tomar licencia, parar de trabajar, interrumpir su habitual forma de cansarse, estresarse y preocuparse, ... porque sabe que cuando no hace nada, cuando su cabeza está inactiva, cuando el torrente adrenalínico disminuye su cauce, se deprime, se pone de pésimo humor y hasta tiene ganas de matarse, soñando con que solo una tragedia de ese porte podría sacarlo del marasmo, apatía y desánimo.

Creo que no es una novedad decir que el consultorio de los médicos está parcialmente poblado por personas que se dedicaron al cuidado de la salud como única tarea que les da algo de sentido a sus vidas y un único tema de conversación: las entretenidas enfermedades (propias y ajenas), la perversa descripción de síntomas espeluznantes, el sado-masoquismo asexuado por falta de un cuerpo que está siendo destinado a un uso más morboso, hipocondríaco, estéril.

Hasta acá mi diagnóstico. Ahora les propongo una posible interpretación de estos acontecimientos.

Las soluciones médicas a la tristeza existencial consisten en el suministro de sustancias químicas (drogas, medicamentos).

Esto es así porque el triste existencial no tiene acceso a lo sustancial de su existencia, eso que le permite vivir sin cuestionarse, prescindiendo de seguridades que solo pueden sentirse bajo los efectos de esas drogas calmantes, que tanto despiertan como inducen el sueño.

Las sustancias químicas remplazan a las sustancias filosóficas, inaccesibles para quienes, por desconocer su propio idioma, no pueden PENSAR.


(Este es el Artículo Nº 1.747)

Los abusos de la compasión



   
La compasión es un sentimiento eventualmente utilizado para perpetrar un chantaje emocional y también para simular hipócritamente una sentida solidaridad.

La mayoría de los humanos sentimos compasión.

Esta vez no puedo apoyarme en el Diccionario de la Real Academia Española porque la definición de «compasión» se refiere a otras palabras similares (conmiseración y lástima), que al ser consultadas vuelven sobre el vocablo «compasión».

Irritado ante esta actitud claudicante de mi libro de cabecera, busqué la definición del primer insulto que vino a mi mente y me volvió el alma a cuerpo cuando leí que «tautología» es la «Repetición de un mismo pensamiento expresado de distintas maneras».

Fiel a mi costumbre, diré por qué me parece que la «compasión» tiene una injusta propaganda, sin dejar de reconocer que este sentimiento provoca algunos efectos secundarios positivos.

En otro artículo (1), digo textualmente: «Algunas personas hieren nuestra sensibilidad con exhibiciones asqueantes y sádicas, obligándonos a ayudarlas para aliviar el dolor que nos provocan».

Sin dejar de reconocer que podría haber utilizado palabras más dulces, sigo pensando que así podría describirse un chantaje emocional.

Sentimos «compasión» al imaginar que podríamos estar en el lugar del doliente, del sufriente, del acongojado. Si esta suposición es muy intensa, el sufrimiento puede parecerse bastante al que padece quien nos inspira «compasión».

El dolor que sufre el compasivo produce un alivio en aquellos dolientes que desearían compartir completamente su infortunio. Son personas que sufren menos si constatan que los demás también sufren.

Hay un dicho que lo resume: «Mal de muchos, consuelo de tontos».

Parecería ser que aquellos doloridos que envidian el bienestar de otros, se sentirían menos mal si no tuvieran motivos para envidiar, es decir, si los demás estuvieran tan mal como ellos.

Hay quienes simulan tanta compasión que terminan siendo consolados por el propio sufriente.


(Este es el Artículo Nº 1.743)