lunes, 2 de julio de 2012

Los consejos son inútiles



Porque «sobre gustos no hay nada escrito», es casi imposible que los consejos recibidos tengan alguna utilidad y posible aplicación.

Razonemos:

— preferimos estar vivos a estar muertos;

— preferimos darnos cuenta (confirmar sensorialmente) que estamos vivos (de nada nos serviría estar vivos en estado de coma, inconscientes, en estado vegetativo);

— es posible decir que para darnos cuenta de que estamos vivos, tanto lo sabemos disfrutando de agradables sensaciones como sufriendo penosas mortificaciones (estamos de acuerdo en que si se pudiéramos elegir todos preferimos confirmar nuestra existencia solo disfrutando, sin dolores);

— dado que lo importante es estar vivos y darnos cuenta de ello, para lo cual necesitamos «sentir» (placer o dolor), podemos decir que el verbo «gozar» (2) significa: tener sensaciones gratas o ingratas que nos confirman que estamos vivos;

— como «sobre gustos no hay nada escrito», tendríamos que admitir que los placeres y dolores no son para todo el mundo igual: algunas personas disfrutan sintiendo placer y otras sintiendo dolor;

— de esta variada gama de posibles sensaciones podemos deducir que el verbo «gozar» alude a sensaciones que nos dan la alegría de sabernos con vida, aunque esté integrado por placeres y también dolores;

— las expectativas de cada uno (1), que también podríamos llamar «esperanzas», «ilusiones», «anhelos», «perspectivas», influyen fuertemente en cómo nos sentimos en cada ocasión. Como decía en el artículo referido (1), cuando no esperamos nada cualquier cosa que recibimos es ganancia pura (neta, líquida) y, por deducción, si nuestras expectativas son muy ambiciosas estaremos expuestos a padecer una frustración tras otra.

En suma: de esta cadena de razonamientos podemos concluir que todos necesitamos «gozar» (sentir que estamos vivos, mediante el placer y/o el dolor), para lo cual nuestra estrategia tendrá que ser muy personal porque nuestros gustos también son personales.

Conclusión: Es casi imposible que los consejos tengan alguna utilidad.

 
(2) El verbo «gozar» (de buena salud, de la vida, de alguien), alude a la gratificación por sentirnos «vivos, en las buenas y en las malas».

(Este es el Artículo Nº 1.603)

Conocerse para conocer



Quienes no se conocen a sí mismos, desconocen a los demás y no pueden saber con quiénes están viviendo, negociando, trabajando.

Quejarse, lamentarse y gemir con desconsuelo es muy útil, aunque sólo como forma de desahogo. Estas acciones emulan las evacuaciones corporales (orinar, defecar, eyacular). Tanto quejarse como defecar, alivian y la disminución del dolor es un beneficio importante.

Por lo tanto podemos generalizar y decir: quejarse, orinar, lamentarse, defecar, gemir y eyacular, son fenómenos corporales que alivian.

A veces podemos incurrir en otra generalización, pero esta es equivocada: no podemos pensar que al sentir un alivio estamos resolviendo todos los problemas que nos aquejan.

Por lo tanto, aquellas personas que suponen que lamentándose están resolviendo sus problemas están tan erradas como quien pensara que el placer que siente después de eyacular es una prueba de que tiene la vida resuelta.

En suma: los placeres corporales, incluidas las lamentaciones, constituyen alivios fugaces, instantáneos, de muy corta duración, pero que pueden generar sensaciones de permanencia (duración indefinida).

Los gobernantes, que se interesan por «la cosa pública», por los asuntos de estado, por el bienestar colectivo, suelen quejarse de los ciudadanos que intentan y logran evadir impuestos, limitando de esta forma los recursos económicos necesarios para llevar adelante sus buenas ideas.

El alivio que sienten cuando se quejan de la falta de colaboración de los contribuyentes, es logrado por el desahogo que hacen quejándose y también porque culpando a los demás se alivian desentendiéndose por el no-cumplimiento de sus promesas pre-electorales.

Esas promesas pre-electorales fueron creídas por ciudadanos que suponen ser fieles pagadores de los impuestos, que nunca evaden sus compromisos solidarios y que priorizan los intereses colectivos antes que los propios e individuales.

Son votantes que por ahora cumplen los antiguos preceptos: «DESconócete a tí mismo», «Imagínate maravilloso», «Considérate ideal, perfecto».

Otras menciones del concepto «Conócete a ti mismo»:

           
(Este es el Artículo Nº 1.581)

La criminalidad inofensiva



Nuestra calidad de vida aumentará cuando podamos confesar nuestra envidia y la seducción por la criminalidad que no nos afecta.

He comentado anteriormente (1) la acción que llamamos «salir del clóset [placar, armario]», con la que se denomina a la confesión de una característica que se supone rechazada por la sociedad.

La expresión «salir del clóset» surgió para denominar la «confesión de la homosexualidad».

No podemos perder de vista que el homosexual que duda sobre si divulgar o no su opción, participa del rechazo social porque es un integrante más de la sociedad. Sin embargo, se diferencia del resto en que a ese rechazo socialmente compartido se le suma el ser poseedor del rasgo de personalidad cuestionado.

En el mismo artículo (1) compartí con ustedes la idea de que también podríamos «salir del placar» confesándole a quien corresponda, (amigo, pariente o conocido), que «envidiamos» su inteligencia, belleza física, serenidad o lo que fuere.

La envidia es un sentimiento con aristas buenas y malas. Son buenas aquellas que estimulan al «envidioso» para aliviar su dolor tratando de superarse y malas cuando la mejor ocurrencia consiste en perjudicar al envidiado hasta que sus rasgos envidiables desaparezcan.

Los gobernantes populistas suelen aplicar este mal criterio (emparejar hacia abajo) para calmar masivamente la envidia de los votantes que lo llevaron al poder.

Agrego ahora un tercer criterio para «salir del placar» en aras de obtener los mismo beneficios del homosexual reprimido cuando puede asumir su característica y disfrutarla como se merece.

Me refiero a la ambivalencia con que evaluamos a los delincuentes.

Lo que tendríamos que confesar es: «Odio a los delincuentes cuando me afectan directamente pero me fascinan cuando no me afectan».

Si observamos el deleite que sentimos por la literatura y cinematografía policiales, tenemos que asumir que amamos la criminalidad (cuando no nos afecta).

 
(Este es el Artículo Nº 1.599)

 

viernes, 1 de junio de 2012

Apartarse de quienes inspiran envidia



Tenemos que apartarnos de quienes nos provocan envidia y solo agruparnos con quienes no nos provocan envidia.

El ardor que «siento» si mi piel se acerca al fuego, es un «sentimiento» (1ª  acepción del R.A.E.).
Sentimiento (1)
1. m. Acción y efecto de sentir o sentirse.
2. m. Estado afectivo del ánimo producido por causas que lo impresionan vivamente.
3. m. Estado del ánimo afligido por un suceso triste o doloroso.

Puedo decir entonces que un «sentimiento» es algo que nos protege, es un «sensor», un indicador, una alarma. Si no sintiéramos ardor, podríamos perder cualquier parte del cuerpo abrasada por el fuego.

Ahora echémosle un vistazo a otro sentimiento:
Envidia (2)
(Del lat. invidĭa).
1. f. Tristeza o pesar del bien ajeno.
2. f. Emulación, deseo de algo que no se posee.
comerse alguien de ~.
1. loc. verb. coloq. Estar enteramente poseído de ella.

Aunque los redactores del R.A.E. lo han omitido, podemos estar de acuerdo en que la envidia es un sentimiento de tristeza o pesar provocado por el bien ajeno, es decir: La envidia es el dolor que sentimos cuando constatamos que otros están bien, especialmente mejor que nosotros porque tienen algo que deseamos infructuosamente.

Es posible afirmar también que no envidiamos la posesión o la situación ventajosa en la que está nuestro envidiado sino que envidiamos su alegría, bienestar, conformidad. En otras palabras: No envidiamos objetos, vínculos, situaciones, posiciones, ubicaciones sino sentimientos (3); queremos estar tan bien como nuestro vecino. Envidiamos estados de ánimo.

Y para terminar, combino ambas ideas expuestas para proponer que la naturaleza nos ha dotado de estos «sensores», indicadores, alarmas protectoras de lo que nos haría mal.

Si retiramos nuestra mano del fuego también tenemos que apartarnos de quienes nos provocan envidia y solo agruparnos con quienes no nos provocan envidia.

       
(Este es el Artículo Nº 1.591)

Las conversaciones inútiles



Todo discurso es inútil pues solo describe hechos consumados o fenómenos inevitables, ajenos a la voluntad del hablante.

Probablemente usted conoce a muchas personas que no quieren tener una idea genial por temor a que se las roben.

También conoce a otras que no desean enriquecer porque los familiares y amigos más abusadores pretenderán vivir de su talento, lo cual le acarreará fuertes dolores de cabeza, desilusiones y furia, sentimientos estos que son suficientes para aferrarse a la otra opción: ser pobres.

Algún día inventarán un aparato que podrá reproducir todo lo que la mesa de un bar escuchó, o las almohadas matrimoniales, o las salas de espera de los prostíbulos.

Ese día podremos escuchar los grandes proyectos etílicos, los futuros venturosos post-coito y las espirituales reflexiones pre-coito.

Aunque todo haría indicar que esas conversaciones son inútiles, me animo a decir que no son más inútiles que las demás.

Sí, tiene razón, debo explicarme!

Desde el punto de vista de quienes no creemos en el libre albedrío (1) y suponemos que las cosas ocurren naturalmente, por el devenir natural de los acontecimientos, pero que nuestro cerebro se apropia de esas circunstancias y las acomoda para presentarlas como la consecuencia de nuestra decisión autónoma, libre, determinante, transformadora, voluntarista, creemos, repito, que todo lo que hablamos está desvinculado de la realidad material.

Pondré un ejemplo de cada conversación inútil.

1) Alguien posee una empresa, es decir, una organización tan natural como son un panal de abejas, un hormiguero o una manada de lobos que cazan en equipo.

Esta empresa-hormiguero tiene su propia dinámica. Las personas-hormigas hablan, hablan, hablan, pero todo funciona automáticamente. Ellos hablan de hechos ajenos a su protagonismo. Por eso hablan inútilmente.

2) Quienes sólo poseen imaginaciones despegadas de la realidad, también tienen conversaciones tan inútiles como las del empresario-hormiga.

 
(Este es el Artículo Nº 1.569)