jueves, 18 de junio de 2015

¿Qué te ocurre, Mariana?



 
Quizá no sea la mejor elección que una mujer se prepare para el trabajo como si fuera un varón. Esta decisión podría ser un error estimulado por las feministas cuando se unen, sin quererlo, a los machistas. Es decir: virilizar a la mujer podría ser un error de las feministas machistas.

— ¿Cómo podés decirme «No sé, papá», con esa cara de tonta imperdonable?—, dijo Rodolfo, con el rostro fruncido por la desilusión, la bronca y vaya uno a saber cuántos sentimientos más alojados en su frustración.

— Sí, te entiendo, pero es la pura verdad. Ernesto me puede, es más fuerte que yo. Entiendo que él dice tonterías, que aporta datos falsos con la certeza de un nobel, pero me fascina. Todo mi cuerpo se derrite, se entrega—, respondió Mariana, tratando de calmar el desencanto de su padre, compañero de toda la vida, educado, hombre masculino y viril, ejemplar modelo de la especie y, sin embargo, tan diferente al varón que ella eligió para padre de sus hijos.

El hombre la vio avergonzada, con la cabeza gacha, las manos presionadas por las piernas, los pies mirándose y algo volcados, como acompañando el duelo emocional que cursaba su dueña.

La carrera universitaria de la muchacha prometía grandes cosas para ella, pero se atravesó este sujeto de lindas cejas, y todo se le complicó. «¡Malditas hormonas!», gritaba desgarrado el interior de Rodolfo.

— Podés explicarme un poco más—, casi rogó el hombre, desesperado por encontrar algo que calmara su dolor.

— Mamá me lo entendió. Es cosa de mujeres...—, comenzó a explicar la muchacha.



— Es cosa de mujeres y de hombres, porque acá el problema es cómo te deterioraste cuando apareció este pobre diablo...—, saltó el padre, desbordado por la ineficacia de las explicaciones que imaginaba de su hija.

— No es un pobre diablo, papá. Ernesto es trabajador, hace lo que puede, ...—continuó Mariana, nerviosa porque Rodolfo se notaba cada vez más irritado.

— Sí, claro, “hace lo que puede”, “hace lo que puede”, que es poco y nada. Al menos si lo comparamos con lo que vos podés hacer. ¿Cómo se te ocurre juntarte con alguien que no llega ni a la suela de tus zapatos?—, exclamó casi gritando.

La joven suspiró, sin levantar la vista, sin liberar las manos, sin enderezar los pies. Esta situación parecía no tener salida. El padre tenía razón: Ernesto era, objetivamente, un muchacho de muy pocas luces, definitivamente inculto, empleado en una tarea de baja calificación y peor remuneración. ¿Tendrían que vivir con el sueldo de ella? «¿Qué me está pasando?», se preguntaba, solidarizándose con el papá idolatrado, su dios personal, el monumento más importante de su poblado intelecto.

Para demostrar su habilidad en la parrilla, Ernesto se invitó a comer un asado comprado por ella.

En la barbacoa, comenzó el mortificante espectáculo de un muchacho que se siente el rey de la creación, la incondicional enamorada y el testigo resentido, como un pollo mojado, tratando de que su salvaje sed de justicia no tomara por el cuello al impostor.

El asador, mientras encendía el fuego, les «enseñó» al padre y a la hija la verdad del fútbol, qué debe saberse, qué no sabe la gente.

Mariana, embobada, le hacía preguntas insólitas y Rodolfo se decía «¡No puede ser!», «¡no puede ser!», «esta no es mi hija». «¿Qué hice mal?».

Para su sorpresa, el padre empezó a sentir que la situación se ponía excesivamente erótica entre los jóvenes. La actitud de la muchacha parecía al borde de la locura; el novio, entusiasmado, aumentaba el alarde de conocimiento; el suegro sintió necesidad de irse, y así lo hizo a grandes zancadas.

Incapaz de controlar su cuerpo, ella se hizo penetrar. Incendiados por Mariana, los jóvenes se unieron como leños y se devoraron.

Más desorientado que antes, el padre se vio masturbándose con la misma urgencia sexual que sintió su hija.

(Este es el Artículo Nº 2.267)

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Significante Nº 2.146c




Parto: Las mujeres necesitan parir con dolor para obtener algo de consideración de los sádicos que solo respetan a los mártires.

domingo, 10 de mayo de 2015

Significante Nº 2.124c




Cristianismo: Los cristianos apetecen el dolor, sin embargo necesitan condenar el masoquismo para no empañar el calvario de Jesús.

miércoles, 8 de abril de 2015

¿Qué hacemos con el hijo de Mariana?



 
 
Mariana vivió una experiencia de poliandria, es decir, de formar una familia con varios hombres. En esta situación, además, le tocó ser la madre de un niño masoquista. Por estos motivos, el relato abarca varios temas psicológicos que alcanzan hasta la propia religiosidad cristiana.



Mariana fue una niña hasta los 16 años. Aunque físicamente pudo ser madre desde los 12, su inocencia comenzó a ceder cuatro años después, gracias a su primo Rodolfo.

Él deseaba copular con ella pero la adolescente parecía no terminar de entender en qué consistía la sexualidad. Tenía sensaciones corporales muy agradables en los muslos, en los glúteos y en el estómago, pero algo le impedía hacer el amor.

Este muchacho, por el contrario, parecía tener las ideas claras. Le acariciaba los senos, la espalda, le besaba el cuello, pero nunca acertó a tocar las zonas erógenas de la muchacha: los muslos, los glúteos, el estómago.

Harto ya de que Mariana no reaccionara como mujer, organizó una reunión con sus amigos eróticamente mejor informados.

Aprovechando que los padres de uno de ellos estarían ausentes todo el fin de semana, la invitó a participar en una pequeña fiesta.

Mariana se entusiasmó, anticipó el placer imaginando que sería el centro de cuatro muchachos que la mimarían, que le dirían lindezas, que la servirían como a una reina.

De hecho no estuvo muy equivocada pues así actuaron los chicos, solo que se preocuparon de que ninguno quedara sin penetrarla, oral, vaginal y analmente.

Con estos 16 años Mariana entendió mucho mejor su cuerpo, lo amó más y descubrió cuánto placer provee el embarazo.

No podían saber de quién era el bebé que comenzó a gestarse, por eso se comprometieron a cuidarlo entre todos. Lo llamarían Jesús pues no se tenía certeza sobre quién era el padre.

Esta familia de seis personas no tenía más problemas por ser tan numerosa. Las discusiones más ásperas referían a cómo educar al pequeño.

No supieron cómo resolver la inadecuación del niño. Regalaba sus juguetes, era el objeto predilecto de los bullyings. Hasta el más desventurado de sus compañeros podía sentirse un matón, seguro de que Jesús no se vengaría.

El papá Rodolfo se sentía con más derecho sobre el pequeño alegando la consanguinidad que tenía con su prima Mariana. Los otros tres, a regañadientes, lo toleraban. La mujer tenía que frenarlos cuando quedaban a solas y le iban con chismes sobre otras mujeres, algunos gastos excesivos, ciertas decisiones inconsultas.

Los psicólogos escolares estaban perplejos con la conducta excesivamente sumisa de Jesús. Algún conductista propuso que practicara artes marciales, pero al chico no le interesaban las actividades físicas. Él disfrutaba jugando con trocitos de madera, tapas de refresco, corchos, cubiertos en desuso... Sistemáticamente abandonaba los vistosos juguetes que le regalaba unos de sus padres.

Finalmente, una psicóloga kleiniana descubrió que el niño era masoquista.

Este diagnóstico cayó como una bomba en los cinco adultos. Juntaron tres camas y se reunieron a discutir qué hacer a partir de esa terrible noticia.

La reunión, con abundante cerveza y marihuana, duró unas cuantas horas, entre risas, gritos, insultos moderados.

Finalmente, Mariana logró la síntesis de mayor consenso. Levantó las manos sobre su cabeza, y dijo:

— ¡Un momento, un momento!—, y todos callaron. — ¿Qué problema hay con el masoquismo de Jesús? Si disfruta con el dolor quizá estudie para ser maestro, médico o sanitario. ¿Cuál es el problema si él no quiere ser ni cura, ni bancario, ni político?

(Este es el Artículo Nº 2.260)

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Significante Nº 2.094b




Sadismo: Cuando a un sádico le toca sufrir «por culpa» de otro, imagina que este goza tanto como él provocando dolor.