domingo, 7 de julio de 2013

Cómo neciamente encarecemos nuestra vida



 
Vivir tiene un «costo mínimo» que encarecemos cuando neciamente pretendemos evadirlo imaginando culpables quienes, al ser acusados, nos agreden.

La representación gráfica del burrito que camina porque persigue una zanahoria que se aleja porque está atada a él mismo, explica muy bien cómo funciona el deseo insaciable.

Quienes se sienten incómodos con la insaciabilidad del deseo no deberían perder de vista que el deseo se cancela solo definitivamente, en forma irreversible, mediante la muerte.

Por lo tanto es necesario conocer cómo funciona nuestro sistema de energía psíquica que nos mantiene con vida siempre que sea generada por el incombustible deseo.

La dificultad para entendernos en este sentido es la necesidad de ser coherentes.

Efectivamente, la coherencia irrestricta nos enceguece para algunos conceptos que están en franca contradicción con otras ideas que damos por ciertas.

La incoherencia que necesitamos aceptar como válida es que para poder seguir viviendo tenemos que estar molestos al mismo tiempo que hacemos todos los intentos posibles para dejar de estar molestos.

En términos muy infantiles, es algo así como el juego de tirar una pelota hacia arriba con la intención de que se quede flotando en el aire, ver cómo insistentemente cae, e intentarlo una vez más ..., hasta que nos quedemos sin fuerza para seguir tirándola, o sea, para seguir viviendo.

Dicho de otro modo: aunque no parezca coherente, el fenómeno vida del que dependemos para seguir vivos, (valga la redundancia), depende de una tarea insistentemente frustrante.

Por estos motivos es que padecemos un malestar insoslayable, inevitable. Tenemos que pagar un «costo mínimo» por estar vivos, y este costo es en forma de dolor, insatisfacción, ansiedad, malestar inespecífico, malhumor.

El «costo mínimo» aumenta cuando neciamente pretendemos evadirlo, cuando imaginamos que otros son culpables de nuestro malestar, los acusamos, se defienden y aumentamos el «costo mínimo».

(Este es el Artículo Nº 1.918)

Trabajar justifica pecar



 
Algunas personas entienden que si trabajan porque Adán y Eva pecaron, sería lógico cometer pecados propios para justificar el castigo.

En el Diccionario de la Real Academia Española se dice que, entre otras definiciones de la palabra «trabajo», deben incluirse:

8. m. Dificultad, impedimento o perjuicio.
9. m. Penalidad, molestia, tormento o suceso infeliz.

Excepto cuando nuestro cuerpo se encuentra sin energía, porque está cansado, enfermo o envejecido, el trabajo no tiene estas connotaciones dolorosas. Por el contrario, suele ser divertido y se lo extraña cuando no lo tenemos (fines de semana, feriados, jubilación, vacaciones, desocupación, huelga).

Sin embargo, las culturas que han sido influidas por los dichos del Antiguo Testamento de la Biblia, tienen motivos para estar sugestionados al punto de considerar que el cansancio por exceso de trabajo o el aburrimiento por exceso de rutina, son en realidad una condena que, según la leyenda del Génesis, Dios le impuso al ser humano porque, a instancia de una víbora, se nos ocurrió comer una fruta que había sido prohibida por el mismo que nos castigó.

Analizando la ignominiosa desproporción entre la falta y el castigo hay quienes dicen que Dios se convertía en víbora para descansar y que fue Él mismo quien, para probar la obediencia de los humanos, los tentó al pecado.

Quienes dan crédito a esta leyenda bíblica pueden verse particularmente agobiados por el trabajo pues, en vez de entenderlo como algo divertido que puede llegar a cansarnos y aburrirnos, lo consideran un castigo injusto porque, como es lógico, nadie se solidariza con la supuesta transgresión de Adán y Eva.

Por estos motivos es razonable pensar que unas cuantas personas entiendan que si están pagando una culpa que no tuvieron ahora pueden cometer transgresiones, faltas o pecados que por lo menos las hagan merecedoras del castigo laboral.

 
(Este es el Artículo Nº 1.917)

El dinero parece un comodín




El dinero cumple una función similar a la que cumplen los comodines de las barajas.

Los naipes (barajas) son cartulinas rectangulares de 10 x 7 centímetros, que de un lado tienen imágenes que las diferencian unas de otras y del lado opuesto tienen una única imagen que las iguala. De un lado son todas distintas y del otro lado son todas iguales.

Estas cartulinas permiten practicar juegos que pueden llegar a ser apasionantes. El atractivo de esos juegos está en que metafóricamente emulan situaciones dramáticas de nuestra existencia real.

Básicamente los jugadores compiten entre sí como compiten por el amor de los padres, por la valoración social, por el dinero.

Los jugadores también deben aplicar estrategias, engaños, poder de observación, audacia, tolerancia a la frustración..., como en la existencia real.

Ese conjunto de cartulinas (naipes, barajas) incluyen dos especiales que se denominan comodines o jókers.

Estas cartas se usan en los juegos donde existen naipes polivalentes, que cumplen la función que mejor convenga al jugador. Este puede usarlas para remplazar cualquier baraja que necesite para ganar.

De más está decir que el jugador que recibe un comodín debe sentirse afortunado porque sus posibilidades de ganar aumentan significativamente.

Con este antecedente, vayamos ahora a lo que es la existencia real.

La angustia existencial está provocada por la ansiedad, preocupación, dolor e incertidumbre que nos provocan las carencias: de amor, dinero, alimento, vivienda, salud, y en última instancia de la vida misma.

Cuán afortunado se sentiría alguien que en «el juego de la vida», como si fuera con barajas, recibiera un comodín, un jóker, la posibilidad de resolver infaliblemente cualquiera de esas angustiantes carencias.

Para quitarnos estos malestares, nuestra fantasía crea sus comodines con los cuales logramos un alivio gratificante.

Me refiero a los fetiches, amuletos, ídolos, talismanes y el dinero.

(Este es el Artículo Nº 1.916)

El cobrador de morosos




En la casona del Prado llegamos a vivir tres generaciones: los abuelos, la familia de mi tía, (esposo y dos hijos), y nosotros, (mamá, papá, mi hermana y yo).

La abuela era una mujer alegre, fanática de festejar cualquier cosa porque se sentía feliz pasándose nueve horas cocinando para que en una reunión de tres horas no quedara comida ni para cenar algo liviano.

Nos llevábamos bien. Mi padre y el esposo de mi tía soportaban sin dificultad la no pertenencia a los lazos sanguíneos de los dueños de casa.

Hasta cierto punto mi abuelo los ayudaba, los consolaba en las mini guerrillas tribales y matriarcales. Se reunían en el fondo, debajo de una higuera, a tomar cerveza, escuchar a Carlos Gardel y criticar a las mujeres: la abuela y sus dos hijas.

Para los niños era un buen hogar porque tenían que amenazarnos para que dejáramos de jugar.

Una mañana el ambiente se enturbió. Cuando me senté a desayunar sentí un silencio angustiado. La abuela tenía la boca más fruncida que de costumbre y mi tía casi no saludó.

Después supe, porque mi hermana me lo contó, que la tía estaba embarazada y que eso a la abuela no le gustó nada.

Yo creía que las mujeres infaltablemente se alegraban de cualquier embarazo, pero ahí entendí que hay excepciones.

Ahora tendría que decir que hay una excepción, en singular, pues mi abuela se sintió mal por ese embarazo concretamente.

El ambiente de la casa se complicó, perdió brillo, diversión, reuniones con mucha comida casera. El embarazo de mi tía fue doloroso, lleno de sobresaltos, con insomnio, hipertensión arterial y otros desarreglos de salud.

La abuela consideraba lógico que eso estuviera ocurriendo y su malestar con la primera noticia se instaló porque «algo le dijo» que ese futuro niño venía a traernos problemas a todos. Según oí que mi abuela le decía al abuelo en su dormitorio, «ese niño es una desgracia», ante lo cual el abuelo chistaba contrariado porque no se animaba a un discurso más elocuente.

Con mis primos nos criamos siendo testigos de aquel mal presagio. Nació un varoncito completamente sano que no paraba de llorar, los padres corrían angustiados pero nada calmaba al pequeño gritón.

Sin perder la buena salud que lo caracteriza, aquel niño es hoy un adolescente que nos odia a todos, que nos hace la vida imposible, ningún experto en salud mental sabe qué pasa, pero según la abuela este niño vino a cobrarnos lo que quedamos debiendo en vidas anteriores.

(Este es el Artículo Nº 1.930)

La educación sobre gustos personales




Los compradores de esos artículos que jamás compraríamos, existen y usted intenta educarlos.

Todos los seres vivos evitamos el dolor, entendiendo por tal aquello que nos provoca malestar, insatisfacción, mortificación.

Claro que el dolor parece universal pero no lo es tanto.  Aquello que nos provoca malestar, insatisfacción, mortificación, no es para todos lo mismo. Algunas personas sufren con lo que otros disfrutan y viceversa.

Sin embargo, una mayoría está incómoda cuando se pincha un dedo con una punta afilada, una mayoría se molesta cuando siente hambre, una mayoría disfruta reuniéndose con por lo menos una persona y una minoría disfruta de la soledad.

Esta relación con el dolor y el placer es bastante más variada en lo que a gustos se refiere: sabores, colores, fragancias, volúmenes, texturas, presión, humedad, temperatura, diseño.

Si algún día se levanta con ganas de pasar mal puede encontrar una buena diversión yendo a una tienda muy surtida.

El deporte masoquista que le propongo consiste en mirar detenidamente los escaparates, góndolas, estanterías, vidrieras, prestándole atención a todo lo que jamás compraría.

Mire con cuidado esos adornos horribles, esas máquinas inútiles, esos alimentos que parecen en estado de avanzada descomposición, no se pierda los vestidos llenos de colores mal combinados, pregúntese qué tienen en la cabeza las personas que compran esos zapatos, no se pierda la sección muebles para dormitorio, living y cocina, no eluda preguntarse quién puede vivir en una casa donde tengan un sofá así, dedíquele unos minutos a observar las alfombras, esos dispositivos capaces de juntar toneladas de tierra, barro, microbios, insectos, búfalos con mal aliento.

Cuando se haya cansado de sufrir, egrese del local, feliz de no tener que pagar por la experiencia y piense que los compradores de esos artículos existen, usted los conoce, nos rodean e insólitamente usted pretende educarlos.

(Este es el Artículo Nº 1.924)