lunes, 2 de julio de 2012

La minería y la delincuencia



Los ladrones hacen un trabajo similar al que hace la minería para extraer los recursos «guardados» en rocas y océanos.

Una pregunta que correspondería formularnos sería ¿por qué tenemos que extraer ciertos materiales que están atrapados en la roca, o a grandes profundidades en la tierra y hasta en el océano?

A eso llegamos movidos por la angustia.

Esta respuesta tan lacónica, posee sin embargo algo de verdad (como cualquier otra respuesta).

Fue suficiente que en algún momento a alguien se le ocurriera que los diamantes son necesarios, que el oro aumenta nuestra calidad de vida o que el petróleo es imprescindible, como para que, quienes estaban angustiados por algún dolor, algún miedo imaginario o alguna carencia mortificante, salieran dispuestos a todo con tal de conseguir esos materiales, «estén donde estén», «cuesten lo que cuesten», «sea como sea».

A partir de esta decisión desesperada, los humanos comenzamos a perforar el planeta, sin reparar en la resistencia que este interpusiera defensivamente.

La violencia con que los afligidos seres humanos atacamos a la resistencia terráquea, no demoró en hacerla volar por los aires a la vez que glorificamos al humano que inventó la dinamita depredadora (Alfred Nobel – [1833 - 1896]).

Nuestro espíritu, atormentado por las necesidades y deseos, reales o imaginarios, literalmente explota las riquezas naturales, y todos estamos muy felices de que así sea.

Los seres humanos no solo vivimos en la naturaleza sino que también formamos parte de ella, junto con los demás animales, vegetales y minerales.

El atesoramiento que algunos seres humanos (ricos) hacen del dinero, se parece a las riquezas encerradas en la roca o en el fondo de los océanos.

Hasta cierto punto, la violencia con la que los ladrones roban esos bienes, se parece a un trabajo de minería. Los ladrones «explotan» a los ricos.

Nota: Los artículos especializados en la delincuencia están reunidos en el Blog Psicoanálisis y delincuencia.
 
(Este es el Artículo Nº 1.587)

Las soluciones radicales (de raíz)



Nuestra mente intuye que el «inconsciente» es la raíz del psiquismo y cuando proponemos soluciones «radicales» (de raíz), es porque querríamos eliminarlo.

Según parece el miedo a la muerte no existe porque nuestro cerebro sólo puede entender la muerte de los demás pero nunca la propia.

Lo que sí existe es el miedo al dolor, sin olvidar que podemos sufrir por la muerte de otros y es recién ahí donde aparece una referencia al «miedo a la muerte», es decir, «el miedo al dolor inherente a elaborar un duelo».

Para quienes acepten esta premisa será posible entender que el instinto de conservación se refiere al dolor: instintivamente nos cuidamos de no sufrir.

Con nuestra fantasía e imaginación podemos suponer, imaginar, creer que algún día moriremos. Algunas personas pueden «verse» en un féretro y también enterradas.

Aunque apelando a esa misma imaginación podemos adoptar resoluciones que se activarán cuando otros constaten nuestro fallecimiento; lo que parece cierto es que nuestro cerebro no puede pensar la propia muerte con la misma convicción que piensa qué almorzaremos, cómo será la casa que construiremos, de qué forma invitaremos a tomar un café a «esa persona tan especial».

Si suponernos que sólo tomamos medidas para salvarnos de algún dolor (herida, pérdida, desilusión), podemos comentar también que la energía que aplicamos a esa estrategia precautoria (prevencionista, evitativa) depende de cómo imaginamos la amenaza: una gran amenaza nos inducirá a tomar precauciones más enérgicas que una pequeña amenaza.

Es acá donde aparecen las propuestas «radicales», «extremas», «drásticas», «tajantes»: «extirpar de raíz».

Efectivamente, nuestra mente concibe al homicidio como la mejor solución y a la metodología bélica como la más eficiente.

Cuando nuestra mente piensa en soluciones «de raíz» puede estar intuyendo que el culpable de nuestras peripecias es el «inconsciente», por ser la raíz de nuestra psiquis.

(Este es el Artículo Nº 1.605)

Los consejos son inútiles



Porque «sobre gustos no hay nada escrito», es casi imposible que los consejos recibidos tengan alguna utilidad y posible aplicación.

Razonemos:

— preferimos estar vivos a estar muertos;

— preferimos darnos cuenta (confirmar sensorialmente) que estamos vivos (de nada nos serviría estar vivos en estado de coma, inconscientes, en estado vegetativo);

— es posible decir que para darnos cuenta de que estamos vivos, tanto lo sabemos disfrutando de agradables sensaciones como sufriendo penosas mortificaciones (estamos de acuerdo en que si se pudiéramos elegir todos preferimos confirmar nuestra existencia solo disfrutando, sin dolores);

— dado que lo importante es estar vivos y darnos cuenta de ello, para lo cual necesitamos «sentir» (placer o dolor), podemos decir que el verbo «gozar» (2) significa: tener sensaciones gratas o ingratas que nos confirman que estamos vivos;

— como «sobre gustos no hay nada escrito», tendríamos que admitir que los placeres y dolores no son para todo el mundo igual: algunas personas disfrutan sintiendo placer y otras sintiendo dolor;

— de esta variada gama de posibles sensaciones podemos deducir que el verbo «gozar» alude a sensaciones que nos dan la alegría de sabernos con vida, aunque esté integrado por placeres y también dolores;

— las expectativas de cada uno (1), que también podríamos llamar «esperanzas», «ilusiones», «anhelos», «perspectivas», influyen fuertemente en cómo nos sentimos en cada ocasión. Como decía en el artículo referido (1), cuando no esperamos nada cualquier cosa que recibimos es ganancia pura (neta, líquida) y, por deducción, si nuestras expectativas son muy ambiciosas estaremos expuestos a padecer una frustración tras otra.

En suma: de esta cadena de razonamientos podemos concluir que todos necesitamos «gozar» (sentir que estamos vivos, mediante el placer y/o el dolor), para lo cual nuestra estrategia tendrá que ser muy personal porque nuestros gustos también son personales.

Conclusión: Es casi imposible que los consejos tengan alguna utilidad.

 
(2) El verbo «gozar» (de buena salud, de la vida, de alguien), alude a la gratificación por sentirnos «vivos, en las buenas y en las malas».

(Este es el Artículo Nº 1.603)

Conocerse para conocer



Quienes no se conocen a sí mismos, desconocen a los demás y no pueden saber con quiénes están viviendo, negociando, trabajando.

Quejarse, lamentarse y gemir con desconsuelo es muy útil, aunque sólo como forma de desahogo. Estas acciones emulan las evacuaciones corporales (orinar, defecar, eyacular). Tanto quejarse como defecar, alivian y la disminución del dolor es un beneficio importante.

Por lo tanto podemos generalizar y decir: quejarse, orinar, lamentarse, defecar, gemir y eyacular, son fenómenos corporales que alivian.

A veces podemos incurrir en otra generalización, pero esta es equivocada: no podemos pensar que al sentir un alivio estamos resolviendo todos los problemas que nos aquejan.

Por lo tanto, aquellas personas que suponen que lamentándose están resolviendo sus problemas están tan erradas como quien pensara que el placer que siente después de eyacular es una prueba de que tiene la vida resuelta.

En suma: los placeres corporales, incluidas las lamentaciones, constituyen alivios fugaces, instantáneos, de muy corta duración, pero que pueden generar sensaciones de permanencia (duración indefinida).

Los gobernantes, que se interesan por «la cosa pública», por los asuntos de estado, por el bienestar colectivo, suelen quejarse de los ciudadanos que intentan y logran evadir impuestos, limitando de esta forma los recursos económicos necesarios para llevar adelante sus buenas ideas.

El alivio que sienten cuando se quejan de la falta de colaboración de los contribuyentes, es logrado por el desahogo que hacen quejándose y también porque culpando a los demás se alivian desentendiéndose por el no-cumplimiento de sus promesas pre-electorales.

Esas promesas pre-electorales fueron creídas por ciudadanos que suponen ser fieles pagadores de los impuestos, que nunca evaden sus compromisos solidarios y que priorizan los intereses colectivos antes que los propios e individuales.

Son votantes que por ahora cumplen los antiguos preceptos: «DESconócete a tí mismo», «Imagínate maravilloso», «Considérate ideal, perfecto».

Otras menciones del concepto «Conócete a ti mismo»:

           
(Este es el Artículo Nº 1.581)

La criminalidad inofensiva



Nuestra calidad de vida aumentará cuando podamos confesar nuestra envidia y la seducción por la criminalidad que no nos afecta.

He comentado anteriormente (1) la acción que llamamos «salir del clóset [placar, armario]», con la que se denomina a la confesión de una característica que se supone rechazada por la sociedad.

La expresión «salir del clóset» surgió para denominar la «confesión de la homosexualidad».

No podemos perder de vista que el homosexual que duda sobre si divulgar o no su opción, participa del rechazo social porque es un integrante más de la sociedad. Sin embargo, se diferencia del resto en que a ese rechazo socialmente compartido se le suma el ser poseedor del rasgo de personalidad cuestionado.

En el mismo artículo (1) compartí con ustedes la idea de que también podríamos «salir del placar» confesándole a quien corresponda, (amigo, pariente o conocido), que «envidiamos» su inteligencia, belleza física, serenidad o lo que fuere.

La envidia es un sentimiento con aristas buenas y malas. Son buenas aquellas que estimulan al «envidioso» para aliviar su dolor tratando de superarse y malas cuando la mejor ocurrencia consiste en perjudicar al envidiado hasta que sus rasgos envidiables desaparezcan.

Los gobernantes populistas suelen aplicar este mal criterio (emparejar hacia abajo) para calmar masivamente la envidia de los votantes que lo llevaron al poder.

Agrego ahora un tercer criterio para «salir del placar» en aras de obtener los mismo beneficios del homosexual reprimido cuando puede asumir su característica y disfrutarla como se merece.

Me refiero a la ambivalencia con que evaluamos a los delincuentes.

Lo que tendríamos que confesar es: «Odio a los delincuentes cuando me afectan directamente pero me fascinan cuando no me afectan».

Si observamos el deleite que sentimos por la literatura y cinematografía policiales, tenemos que asumir que amamos la criminalidad (cuando no nos afecta).

 
(Este es el Artículo Nº 1.599)